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Congratularse por el reconocimiento que Bellas Artes hizo José Agustín es congratularse por una literatura, un autor. Una visión.



Con sus altas y bajas; la literatura mexicana expresa un claro devenir: después de la revolución, la etapa de consolidación del estado mexicano a través de una burguesía inédita, tiene como referente una literatura eminentemente urbana.



Producto de ese proceso, podemos decir que la de la Onda es la literatura que, a su vez, expresa un sentir más apegado a la forma de concebirse por el grupo dominante; sólo que en una vertiente innovadora: a través de sus chavos.



Incipientes escritores de aquel momento son el producto también de aquél proceso, de aquella, clase (no confundir el fenómeno de consumo con el de producción: actualmente los chavos producen mucho pero no tienen aquella resonancia), de aquel enclave mundial que ya anunciaba la primavera de Praga y el Mayo Francés, pero que no podía negar su deuda histórica con la segunda guerra mundial, la extrapolación del Positivismo y el traslado del emisor de valores universales: de una Europa destrozada a la férula norteamericana de grandes bandas, consumismo y rebeldes sin causa confrontados con la moral cuáquera que descendió intocada del Mayflower y que vigilaba desde Washington el desarrollo de un país que desde el siglo anterior había declarado que el mundo no le bastaba.



Sí, la de la Onda es una literatura ya globalizada, quinta columna confrontada a las demás expresiones literarias. No en vano su ascenso se enlaza con el descenso de una visión nacionalista local y carece de visión universalista y ética. Desde ese ángulo, la literatura de la Onda fue un estancamiento en andas de sus avances: los chavos leían sin que sus padres o sus maestros los obligaran; se reconocieron en aquellas voces y emularon a sus personajes que a su manera le decían al mundo yo sólo quiero bailar el rocanrol, se peinaban de rayita al lado y usaban pantalones de tubo para no ser confundidos con otra expresión nuestra y, aunque ajena, igual de explosiva: el pachucho. El escapismo sobre los ámbitos indígena, campesino y obrero que quedaron fuera de sus márgenes de referencia. O de su visión. Al igual que el comunismo que por aquellos años marcaba su total descenso.



La onda era ser chavo, urbano y rebeco, sin más conciencia que la interior, como se deduce de esta declaración que se atribuye a José Agustín: Me daba penar estar en el bote por posesión de mariguana mientras a otros los habían entambado por lo del movimiento estudiantil que, después de leer sus libros, resulta tan hiperbólica como esta otra: Nunca leí a los clásicos, aprendí a leer con cómics.

Si a los rebeldes de los seminarios y de las universidades virreinales les debemos una visión propia; si a las instituciones pos-independentistas les debemos una postura republicana, los Institutos Literarios y la búsqueda de nuestras raíces; si a la Revolución le debemos el urbanismo, la UNAM y un ascenso al universalismo, ¿qué podemos decir que le debemos a la literatura de la Onda?: para quienes leen, la rebeldía existencial, el hallazgo de la individualidad. En encuentro con la otredad que inevitablemente cada uno es. Y la sensación de que aunque sea en nuestros textos estamos condenados a no envejecer. Léase a José Agustín y véase su influencia en Leñero, el gran albañil literario de México, en la premiación: siguen siendo chavos.

Felicidades.

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